Yarina Tapuy: la científica kichwa que revela el misterioso mundo de los insectos ecuatorianos

  • La bióloga amazónica ha publicado dos artículos científicos que describen 14 especies nuevas de insectos en Ecuador.
  • Su próxima publicación se enfoca en un nuevo comportamiento de los abejorros de zonas altoandinas.
  • A través de la ciencia, busca defender a su comunidad, Capirona, de los impactos negativos de la minería.
  • Gracias a sus estudios, Tapuy ganó una beca para estudiar una maestría en Entomología durante dos años en el Instituto Nacional de Investigaciones Amazónicas, en Manaos, Brasil.

Una colección de enciclopedias rojas, ya desgastadas y empolvadas, es uno de los tesoros más preciados para Yarina Tapuy. Los libros, que llegaron a su vida hace 23 años, se mantienen en una repisa en su casa como un recordatorio de sus inicios en el mundo de la biología. Aunque durante su niñez vivió rodeada de animales, insectos, plantas, cascadas y ríos en la selva amazónica de Ecuador, todos los días se sumergía en estos textos para entender el origen y el comportamiento de los organismos que la rodeaban.

En las tardes, al regresar de la escuela, su padre le pedía que leyera algún libro en voz alta y le tomaba la lección para comprobar si había entendido. A sus nueve años, cuando estas enciclopedias ingresaron a su casa, el ritual se volvió más divertido. “El tomo número 5 de botánica y antropología era mi favorito”, recuerda, mientras muestra una foto de la portada. Su padre estaba seguro de que los libros le abrirían puertas en el futuro y, con el paso de los años, sus predicciones se hicieron realidad: Tapuy se convirtió en la primera científica de la comunidad kichwa Capirona, ubicada en la Amazonía ecuatoriana.

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“El hecho de estar cerca de la naturaleza me despertó esa curiosidad de investigar por qué una planta servía para curar determinado dolor o por qué la picadura de ciertas hormigas era tan fuerte”, dice a  Mongabay Latam para el especial Científicas Indígenas. A sus 32 años, esta joven del pueblo kichwa de Napo tiene una licenciatura en Biología de la Universidad Estatal Amazónica de Puyo y, gracias a una beca, está cursando su maestría en Entomología en el Instituto Nacional de Investigaciones Amazónicas, en Manaos, Brasil.

Mediante su trabajo, está aportando al crecimiento de dos campos poco explorados en el país: los insectos y las arañas. Hasta el momento, ha participado en la descripción de 14 especies de este tipo, ha descubierto nuevos comportamientos en las abejas y, sobre todo, ha motivado a otras mujeres de su comunidad a estudiar una carrera universitaria.

Pero el camino no ha sido fácil. La falta de recursos económicos para costear sus estudios e investigaciones, alejarse de la selva en busca de oportunidades laborales y abrirse espacio en un campo dominado por hombres han sido algunos de los obstáculos que ha tenido que superar.

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A través de su trabajo como científica no solo busca descubrir especies, sino convertir estos conocimientos en una herramienta para luchar contra las amenazas, como la minería ilegal, que están acechando a su comunidad.

Gracias a sus estudios, Tapuy ganó una beca para estudiar una maestría en Entomología durante dos años en el Instituto Nacional de Investigaciones Amazónicas, en Manaos, Brasil. Foto: cortesía Yarina Tapuy

Las primeras expediciones

Tapuy era una niña decidida, independiente y analítica, cuenta Tarquino Tapuy acerca del carácter de la segunda de sus tres hijas. Pero además de eso, tenía un lado “muy especial”. A los 11 años, recuerda, desapareció un día de su casa. Cuando la encontraron, descubrieron que había ido a la terminal de buses a detener a unas niñas que estaban escapándose de su hogar. Ella las convenció de que se quedaran y las llevó de regreso sanas y salvas. En otra ocasión, evitó que una de sus amigas tuviera un accidente. Esa fortaleza, mezclada con su buen corazón, dice Tarquino, le ha permitido abrirse camino y alcanzar sus sueños.

También era disciplinada. Siempre fue elegida como una de las mejores estudiantes de sus escuelas. “Decían que yo era la primera persona indígena y mujer que estaba en el cuadro de honor”, cuenta Tapuy. Estudió la primaria en el Tena, la capital de la provincia de Napo, a una hora en vehículo de su comunidad. Pero al empezar la secundaria, se cambió de colegio para apoyar una iniciativa comunitaria.

En ese entonces, su tía impulsaba un proyecto para llevar un centro educativo a Capirona. Como necesitaban más alumnos para demostrar a las autoridades que este espacio era indispensable, Tapuy se matriculó en este centro. Gracias a estos esfuerzos, ahora existe un colegio en la comunidad.

Científicas indígenas es un especial de Mongabay Latam que ahonda en las historias de seis mujeres que rompen moldes y llevan el conocimiento ancestral a la academia. Ilustración: Juan Pablo Dellacha

Al graduarse, la joven kichwa tenía claro que quería ingresar a la universidad. Estudiar una carrera no era una práctica común en su familia, su comunidad o en la Amazonía en general. Datos como los del Banco Interamericano de Desarrollo corroboran esta tendencia. Según el análisis, el 59 % de los jóvenes indígenas amazónicos terminan la secundaria, a diferencia del 80 % que es el promedio nacional, lo que infiere que un porcentaje aún menor tiene acceso a estudios de tercer nivel.

Con algunas dudas se inscribió a la carrera de Derecho, pero al tercer semestre se dio cuenta de que no era lo suyo. Después, trató con Ciencias Agropecuarias, pero tampoco la convenció. Así, recordó lo que siempre le había llamado la atención desde pequeña: la conexión con la naturaleza.

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Cuando Tapuy les contó a sus padres que estudiaría biología, a ninguno le sorprendió el anuncio. No solo porque siempre la veían “trepada en los árboles”, sino también porque sabían de su interés por los relatos de los abuelos sobre los animales, las plantas medicinales y, especialmente, sobre los esfuerzos de los pueblos indígenas por conservar el territorio. “Me alegré por la noticia porque nuestros padres han luchado tanto por la selva y con esta rama ella puede ayudar a cuidar todo lo que nos dejaron”, confiesa Tarquino.

También reconoce que su hija ha tenido que sortear varios obstáculos: “Ella trataba de no ser una carga para nosotros y siempre resolvía sus problemas”. Para costear los gastos de vivir en Puyo, otra capital amazónica a dos horas de su hogar, donde está ubicada la Universidad Estatal Amazónica, Tapuy trabajaba en tiendas de ropa o limpiaba casas en sus horas libres. “Una venía cargada de sueños y la realidad era otra”, recuerda la científica, pero las cosas empezaron a mejorar a medida que pasaron los años.

Yarina Tapuy, junto a una colaboradora, en el bosque ecuatoriano. La bióloga amazónica ha publicado dos artículos científicos que describen 14 especies nuevas de insectos en Ecuador. Foto: cortesía Yarina Tapuy

Entre insectos y arañas

En los últimos semestres de su carrera descubrió un nuevo universo: el estudio de los insectos. Todo empezó en una clase de zoología, donde quedó fascinada con las enseñanzas sobre morfología y taxonomía. A partir de ese momento, se dio cuenta de que podía aplicar esos nuevos conocimientos en las mariposas, hormigas, saltamontes y la variedad de especímenes con los que había convivido a lo largo de su vida en Capirona.

Su tesis fue una muestra de que su interés en este grupo era real. Tapuy realizó una evaluación de la alimentación del grillo doméstico (Acheta domesticus). El estudio comparó los efectos de las dietas basadas en hojas de yuca, balanceado de pollo y zapallo en la biomasa, mortalidad y ciclo de vida del insecto. También analizó los costos de cada una de estas opciones. Según Tapuy, estos resultados podrían aportar al desarrollo de sistemas de producción sostenible de grillos en zonas rurales, al ser una fuente de proteína para consumo humano.

Tras esta experiencia, empezó un largo camino de descripciones y descubrimientos. David Ricardo Diaz, curador de arácnidos del Instituto Nacional de Biodiversidad (Inabio), aún recuerda el momento en que junto a Tapuy decidieron mudarse a Quito “para probar suerte”, ya que no había oportunidades en su campo de estudio en la Amazonía. Ambos se conocieron en la universidad en Puyo y, tras graduarse, viajaron a la capital para ser voluntarios en el área de entomología en el Inabio.

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“Me acuerdo de ese miedo a jugarnos todo en una ciudad que no era nuestra, con gente que no conocíamos”, dice Díaz. Mientras aprendían a describir nuevas especies en el laboratorio, Tapuy encontró un escarabajo en medio de unas muestras de hormigas. Aunque el insecto no era el objeto de estudio, sus antenas le llamaron la atención, por lo que decidió guardarlo. Para su suerte, en esos días llegó Michael S. Caterino, uno de los entomólogos más reconocidos del mundo, a quedarse por un año en el Inabio.

Bajo su guía, Tapuy y Díaz comprobaron que el escarabajo pertenecía al primer registro oficial del género Metopiellus Raffray para Ecuador. Hasta ahora, la presencia de estos escarabajos «ant-like» (parecidos a hormigas) no había sido confirmada en el país.

En este artículo, publicado en enero de 2026, se describen dos especies nuevas, encontradas en lados opuestos de la Cordillera de los Andes: Metopiellus palamaku, que fue descubierta en la provincia de Napo, en la Amazonía; y Metopiellus chasqui, encontrada en el bosque nublado montano de la provincia de Pichincha, en la región andina del norte del país.

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Además, en una siguiente publicación describieron otras 12 especies. En ambos artículos, la científica figura como autora. “Yari es la que más le dedicó tiempo y esfuerzo a esas especies. Se enamoró completamente de ese grupo. Es la persona más persistente que he visto y además tiene un ojo para ver estructuras que yo no puedo ver”, cuenta Díaz, emocionado al recordar las épocas en que trabajaban en el laboratorio.

Ahora, están a la espera de la publicación de otros dos artículos. En uno describen cuatro especies nuevas de escarabajos, mientras que el segundo revela los primeros registros de algunos arácnidos en la Amazonía ecuatoriana.

Mediante su trabajo, Tapuy está aportando al crecimiento de dos campos poco explorados en el país: los insectos y las arañas. Foto: cortesía Yarina Tapuy

De la selva al páramo

Después de la experiencia en el Inabio, Tapuy continuó con el estudio de los insectos en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Durante dos años, participó en diferentes programas de investigación hasta que llegó un reto totalmente diferente a su vida. En 2025 ingresó a la Fundación Cóndor Andino. “Ahí me pasaron la mayoría de las cosas bonitas en campo”, recuerda. Así, cambió sus bichos por las aves y su amada selva amazónica por el páramo.

“Nunca había visto a los frailejones -plantas nativas de los páramos- y creía que eran enormes. Cuando los vi, eran bajitos. Además, pensaba que a 4000 metros sobre el nivel del mar era imposible encontrar polinizadores, pero vi en sus flores un montón de dípteros y dije: ‘Qué locura es esto’. Me impresionó”, cuenta Tapuy, al preguntarle sobre la anécdota que más le ha marcado en campo a lo largo de su carrera.

Sus largas jornadas en el páramo también le llevaron a descubrir un nuevo fenómeno. Tapuy encontró a unos abejorros que pertenecen a los ambientes altoandinos mientras se alimentaban de la carroña y de las heces de los cóndores“Es la primera vez que tenemos evidencia de esto en Sudamérica”, cuenta Alex Marabunta, técnico de investigación en la Universidad de Chimborazo y coautor del artículo que escribieron sobre este hallazgo.

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Marabunta conoció a la científica en el Inabio. En ese momento, él era técnico de ese instituto y recuerda que Tapuy siempre se destacó entre los demás voluntarios. “Cualquier persona que ha trabajado con ella te va a decir que “ella lo da todo”, dice en son de broma.

Después de unos años de trabajar juntos, Tapuy lo contactó para preguntarle si tenía información sobre el comportamiento de los abejorros. El investigador solo encontró un par de artículos que hablaban sobre este fenómeno conocido como necrofagia y cropofagia, que se refiere a consumir la carroña y heces de otros animales.

Tapuy explica que hay estudios que demuestran que algunas abejas meliponas, que son las que no tienen aguijón, comen carne o se llevan la carroña de otras especies para construir sus nidos, pero en el caso del abejorro Bombus funebris, que es el que ella encontró en dos ocasiones, no existen registros de este comportamiento.

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Una de las hipótesis de la investigadora es que la escasez de flores en el páramo los ha llevado a la necrofagia y cropofagia. Sin embargo, todavía no han logrado comprobarlo. Al no tener reportes previos, tampoco se conoce si el abejorro siempre se alimentó de esta forma o se trata de un mecanismo de adaptación.

“Este registro nos deja más preguntas que respuestas”, explica Tapuy, quien espera que el artículo se publique en los próximos meses, y que sea un punto de partida para seguir resolviendo las incógnitas en torno a este abejorro.

Su próxima publicación se enfoca en un nuevo comportamiento de los abejorros de zonas altoandinas. Foto: cortesía Yarina Tapuy

Ciencia para la conservación

“Cuando vino a despedirse mi hija, yo me quedé sorprendido porque pregunté a la IA quién es Yarina Tapuy y me respondió que era una científica reconocida a nivel internacional. Créame que me quedé sorprendido. Le dije: ‘Hija, qué has hecho’”, cuenta aún emocionado Tarquino al darse cuenta del impacto que ha tenido el trabajo de su hija.

Pero, más allá de sumar nuevas especies a la lista, el objetivo de Tapuy es demostrar la importancia de tomar en cuenta los conocimientos de las comunidades indígenas en los estudios científicos. Los saberes ancestrales y los relatos que le contaban sus abuelos están presentes en todos sus trabajos.

“En el caso de los bichos, hay muchas cosas que ya sabía y después la ciencia me sirvió para entender la explicación que hay detrás. Prácticamente es lo mismo, pero con diferente explicación. En el caso de la conga (hormiga), ya sabía que su picadura era muy fuerte, pero con la ciencia entendí las causas”, dice.

Para esta científica también es importante que los hallazgos sirvan para proteger el territorio. Actualmente, su comunidad, Capirona, asentada a orillas del río Puni, sufre los impactos de la contaminación causada por la minería ilegal. Según datos del Monitoring of the Andes Amazon Program (MAAP), difundidos por la Fundación Ecociencia, la superficie minera en Napo, a la que pertenece Capirona, pasó de alrededor de 100 hectáreas en 2007 a 1300 hectáreas en 2023.

Por eso, una de sus metas a futuro, una vez que termine la maestría, es crear una fundación en la Amazonía que se enfoque en investigación, educación y conservación, mientras promueve el desarrollo comunitario. “La educación me ha ayudado a levantar la voz y así vamos a defender las tierras: con argumentos científicos”, dice Tapuy.

*Imagen principal: Tapuy se convirtió en la primera científica de la comunidad kichwa Capirona, ubicada en la Amazonía ecuatoriana. Foto: cortesía Yarina Tapuy